Bishop Bishop's Column
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Wednesday, 02 April 2014 09:40

Rejoice!

Editor’s Note: Following is Bishop John Brungardt’s homily for the Fourth Sunday of Lent, Cycle A.

These Lenten days are usually more severe when it comes to penance and mortification than the rest of the year.  At the halfway point of Lent we return to the normal joy that every Christian should feel.  The Fourth Sunday of Lent is known as Laetare Sunday, since the first words of the Entrance Antiphon in Latin are, “Laetare Jerusalem” which means “Rejoice, Jerusalem.”  To show this rejoicing and this happiness that we feel as we draw closer to Easter Sunday, the Church allows the priest to use rose colored vestments, instead of the usual violet ones that are used during the season of Lent.  This is a color between the white of joy and the violet of penance.
On Laetare Sunday, the Church reminds us that joy is compatible with mortification and pain.  She tells us that penance is not opposed to joy but to sadness.  Joy is the essential characteristic of a Christian.  This Fourth Sunday of Lent, having entered fully into the season, we leave behind a little the rigidity of penance.
Lenten days are usually days of fasting and abstinence.  But these acts of mortification should not darken our Christian joy.  We know that joy comes from the heart that is filled with the love of God.  A heart that strives to be filled with good works should be joyful.  We feel happiness since we are at peace with our brother and sister, with the community and with God.  
In the Gospel Reading, Saint John tells us that as Jesus passed by he saw a man who had been born blind.  And his disciples, instead of asking the Master to cure the blind man, asked him, “Who sinned, this man or his parents, that he was born blind?”  The disciples, in spite of having been so close to Jesus, judged: they looked down on that man.  They thought more of “who is to blame” than in helping their blind brother.  It is sad to say but we, even though we are members of Christ’s Church, often act in the same way.  When we encounter this attitude, let us do as the blind man did: place ourselves in the hands of Christ.
We see how Jesus immediately applied the remedy; he spit in the dirt, formed mud with his saliva and applied it to the eyes of the blind man.  He then said, “Go wash in the Pool of Siloam.”  Maybe the blind man thought that it was strange to do something that was so simple.  But, in spite of everything, the blind man went and washed and immediately recovered his eyesight.  And when he opened his eyes he recognized Jesus as the awaited Messiah.  This man, when he recovered his eyesight, felt great peace in his heart.
Let us be like the blind man in the Gospel Reading.  These days of Lent are perfect days for sincerely seeking God.  If we do this, we will also recover our spiritual eyesight, our existence will be more meaningful, our faith will grow and we will be able to see how God acts in our lives.  The Lord is always close to us, giving us joy.

¡Regocijo!

(Homilía para el Cuarto Domingo de Cuaresma, Ciclo A)

Estos días Cuaresmales son generalmente más severos cuando se trata de  penitencia y mortificación  que el resto del año. A mitad de la Cuaresma, llegamos a la alegría normal que cada Cristiano debe de sentir. El Cuarto Domingo de Cuaresma es conocido como Domingo de Laetare, como las primeras palabras de la Antífona de Entrada en Latín son, “Laetare Jerusalén” que significa “Regocija, Jerusalén.” Para mostrar esta alegría y la felicidad que sentimos al acercarnos al Domingo de Pascua, la Iglesia permite que el sacerdote use sus vestimentas color rosa en lugar de la violeta habitual que se usa durante la temporada de la Cuaresma. Este es un color entre el blanco de alegría y el violeta de penitencia.
En el Domingo de Laetare, la Iglesia nos recuerda que la alegría es compatible con mortificación y dolor. Ella nos dice que la penitencia no se opone a la alegría sino a la tristeza. Alegría es la característica esencial de un Cristiano. Este Cuarto Domingo de Cuaresma, habiendo entrado plenamente en la temporada, dejamos un poco la rigidez de la penitencia.
Días Cuaresmales son generalmente días de ayuno y abstinencia. Pero estos actos de mortificación no deben oscurecer nuestra alegría Cristiana. Sabemos que la alegría viene del corazón que se llena con el amor de Dios. Un corazón que se esfuerza por estar lleno de buenas obras debe ser alegre. Sentimos la felicidad como estamos en paz con nuestro hermano y hermana, con la comunidad y con Dios.
En la lectura del Evangelio, San Juan nos dice que al pasar Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento. Y sus discípulos, en vez de pedir al Maestro que curara al ciego, le preguntaron, “¿Quién ha pecado para que esté ciego: él o sus padres?” Los discípulos, a pesar de haber sido tan cerca de Jesús, juzgaron: despreciaron a ese hombre. Pensaron más en “quien se debe culpar” que en ayudar a su hermano ciego. Es triste decirlo, pero nosotros, aunque somos miembros de la Iglesia de Cristo, frecuentemente se portan de la misma manera. Cuando nos encontramos con esta actitud, hagamos como el ciego: ponernos en manos de Cristo.
Vemos cómo Jesús inmediatamente aplicó el remedio: escupió en la tierra, formó lodo con su saliva y untó con él los ojos del ciego. Entonces dijo, “Vete y lávate en la piscina de Siloé.” Tal vez el hombre ciego creyó que era extraño para hacer algo tan simple. Pero, a pesar de todo, el ciego fue y lavó y e inmediatamente recuperó su vista. Y cuando abrió sus ojos reconoció a Jesús como el Mesías esperado. Este hombre, cuando recuperó su vista sintió la gran paz en su corazón.
Seamos como el hombre ciego de la lectura del Evangelio. Estos días Cuaresmales son días perfectos para buscar sinceramente a Dios. Si hacemos esto, también nos recuperaremos nuestros ojos espirituales, nuestra existencia será más significativa, nuestra fe crecerá y podremos ver cómo Dios actúa en nuestras vidas. El Señor siempre está cerca de nosotros, dándonos alegría.




 
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