The CATHOLIC DIOCESE of DODGE CITY

Serving the People of Southwest Kansas

A shelter from the storm

Guatemalan family finds peace hope in Dodge City

Después de vivir en medio de una Guerra, una Familia

Guatemalteca encuentra paz y esperanza

 

At top is Mateo, Julie, Veronica, Elias, Maria, and Pascual Mateo. Above are daughters Julie, Josefa and Maria. Not pictured is son Marcos. The family came to the United States in the late 80s to escape poverty and a violent civil war.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 



By David Myers

Southwest Kansas Register

Editor’s note: The following article is part of the series, "Who is your neighbor?" which runs intermittently in the SKR. The series attempts to examine people of different cultural backgrounds in the Diocese of Dodge City.

DODGE CITY -- Had it been the turn of the 20th Century, Dodge City resident Pascual Mateo, his wife Maria and their five children probably never would have had to march across miles of desert, afraid of being captured and returned to a violent, impoverished country.

Had it been the early 1900s, Pascual and his family probably would have been processed quickly through U.S. immigration, along with a multitude of grandparents, great grandparents, or great great grandparents of many local residents, newly arrived from foreign shores.

But this was the mid-1980s, and despite having come from war-torn Guatemala, where the poorest citizens were target-practice for a corrupt military, Pascual and his family were forced to sneak across the U.S. border, battling the elements and hiding from the border patrol.

With Maria grasping their infant daughter, the family had to first traverse the neighboring country of Mexico to the north. Once across the border of the United States, they walked across the desert where they could at any moment have been caught and returned to Guatemala.

But it was a risk the young family felt they had to take.

"At that time, there was a war in Guatemala," Pascual said through his daughter, Julie, 23, who was four when they made the journey. "The soldiers wanted to kill us, and the government was doing nothing. My cousin was forced to fight in the military."

For 36 years, beginning in the 1960s, the native Guatemalan people suffered random attacks from the government’s military who were hunting down rebel leaders. More than 100,000 native people were murdered by the military in that time period, and more than 1 million were displaced. The attacks didn’t formally end until a peace accord was signed in 1996.

Today, more than 75 percent of the people of Guatemala live in poverty.

Until their departure from Guatemala, Pascual and Maria had farmed a small piece of land; Pascual also worked as a farm hand for other land-owners. Maria, along with most Guatemalan women at the time, had never gone to school. Pascual attended only through the sixth grade, after which time students had to pay for their schooling.

Guatemala is roughly the size of Tennessee, with more than 30 indigenous languages still spoken, according to Pascual. Guatemalans, he explained, learn Spanish as a second language. If Pascual wanted to talk to someone of a different dialect, he would have to speak Spanish, he said.

In fact, Maria’s Spanish was noticeably different than her husband’s, peppered with unusual sounding words and phrases. Julie explained that her mother never learned Spanish in school, and although she speaks the language today, it comes mixed with words from their native "Kanjobal" language.

The family, all U.S. citizens, brought with them to the United States a proud Mayan heritage, a people indigenous to Guatemala whose ancestors could be compared to the early Egyptians in their inclination toward science and invention.

For more than a decade, the Mateos lived in Los Angeles, where Pascual worked for a clothing manufacturer. When, in 2000, they learned of job openings at National Beef in Dodge City, the family packed up and moved east.

When quizzed on the cultural differences between Guatemala and the United States, both parents looked puzzled; too many years had passed since they arrived. Julie, who recently returned from their first family vacation to Guatemala, said that young people bow their heads to the elderly, allowing their elders to place their palm gently on their head as a form of greeting/blessing.

"That was pretty weird," she said, smiling.

When asked what of Guatemala they missed the most, Maria smiled and said through Julie, "The food. The chicken here isn’t as flavorful as in Guatemala. Perhaps because it’s frozen."

For Pascual, it’s the landscape he misses most. "It’s full of mountains and trees," he said. Guatemala is a tropical, mostly mountainous region with rolling limestone plateaus — a scenic landscape visited often by heavy rains.

What he doesn’t miss is the poverty, lack of sufficient health care and inadequate schooling. Here he has a job, a blessing for which he is ever thankful to God, and a house, although, sadly, he has never completely escaped violence. He and his family members still occasionally hear gunshots ring out in his Dodge City neighborhood.

They are a soft-spoken, friendly family with seven children; the youngest, Veronica, is 8, and the oldest, Mateo, is 28. One daughter, Josefa, still resides in California. Their other children include Julie, Elias, 10, Marcos, 17, and Maria, 19. The family attends the Cathedral of Our Lady of Guadalupe.

Nota del Editor: Lo siguiente es la primera entrega de una serie "¿Quién es tu vecino?" que será publicado intermitentemente en el períodico SKR. La serie intenta examinar las distintas culturas que se encuentran en la Diócesis de Dodge City.

DODGE CITY – Si no hubiese sido la vuelta del siglo 20, el residente de Dodge City, Pascual Mateo, su esposa y sus 5 hijos probablmente jamás hubiesen tenido que caminar por millas de desierto, temerosos de ser capturados y regresados a un país violento y emprobecido.

Si hubiese sido a primeros de los años 1900, Pascual y su familia probablemente hubiesen pasado por la Oficina de Inmigración de Estado Unidos sin problema alguno, y con ellos estarían muchos abuelos, bisabuelos, tatarabuelos de muchos residentes locales, recién llegados de tierras extranjeras.

Pero esta guerra ocurrió en 1980, y a pesar de venir de una Guatemala, machacada por la guerra, donde los ciudadanos más pobres eran utilizados para practicar la puntería de un ejercito corrupto. Pascual y su familia se vieron obligados a cruzar la frontera de USA a escondidas, luchando contra las inclemencias del tiempo y escondiéndose de las patrullas de la frontera.

Con su bebé en brazos, María y su familia primero tuvieron que atravesar el país vecino de México al norte. Una vez que habían cruzando la frontera de USA, caminaro por el desierto donde en cualquier momento podía haber sido aprehendidos y regresados a Guatemala.

Pero fue un riesgo que la joven familia sabía que tenía que tomar.

"En aquel tiempo, había una guerra en Guatemala", dice Pascual por medio de su hija Julie, de 23 años (cuando hiciero el viaje tenía 4). "Los soldados nos querían matar, y el gobierno no hacía absolutamente nada.. Mi primo fue obligado a luchar en el ejercito."

Durante 36 años, empezando a mediados de los años 60, los nativos Guatemaltecos sufrieron ataques esporádicos de los militares del gobierno quienes cazaban a los líderes de los rebeldes. Más de 100,000 nativos fueron asesinados por los militares durante ese tiempo, y más de 1 millón fueron desplazados. Los ataques no acabaron formalmente hasta que se firmo un pacto de paz en 1996.

Hoy más del 75% de la gente de Guatemala vive en pobreza.

Hasta su partida de Guatemala, Pascual y María trabajaban un pequeño trozo de tierra. Pascual también trabajaba como obrero para terratenientes. María, junto con la mayoría de mujeres de esa epoca jamás había ido a una escuela. Pascual había estudiado solamente hasta el sexto grado; porque después cada estudiante tenía que pagarse los estudios.

Guatemala es aproximádamente del tamaño del estado de Tennessee, con más de 30 idiomas indígenas que aún se hablan, según Pascual. El español lo aprenden como segundo idioma. Si Pascual quiere hablar con otra persona de distinto dialecto al que él habla, tendría que hablarle en español para poder entenderse.

De hecho, el español que habla María es distinto al que habla Pascual; ella le entremezcla palabras y expresiones de un sonido distinto. Julie explica que su madre nunca aprendió español en la escuela y aunque hoy diía ella ya lo habla, lo hace mezclando palabras de su idioma nativo, el "Kanjobal."

La familia, todos ellos ciudadanos Americanos, trajeron con ellos orgullosamente su herencia Maya, un pueblo indigeno de Guatemala, cuyos ancestros se pueden comparar a los primeros Egipcios en su inclinación hacia las ciencias y las invenciones.

Durante más de una década, Mateo vivió en Los Angeles, donde Pascual trabajaba para un fabricante de textiles. En el 2000, cuando oyó que había trabajo en la compañía National Beef en Dodge City, la familia empacó sus maletas y marcharon para el este.

Cuando le preguntan sobre las diferencias culturales entre Guatemala y los Estados Unidos, ambos padre y madre ponen cara de extrañados. Han pasado muchos años desde que llegaron a este país. Su hija, Julie, que hace poco regresó de las primeras vacaciones de la familia a Guatemala dice que la gente joven allá saluda a los mayores con una inclinación de la cabeza y dejan que los mayores les pongan la palma de la mano sobre la cabeza como una especie de saludo/bendición.

"Fué muy raro", dijo Julie, sonriéndose.

Cuando les preguntan qué es lo que más echan de menos de Guatemala, María sonríe y por medio de Julie contesta "la comida. El pollo aquí no sabe tan bien como la de Guatemala. Quizás porque está congelado."

Para Pascual, el paisaje lo que más añora. "Está lleno de montañas y arboles", dice. Guatemala es un país tropical, muy montañoso con altos de tierra caliza – un paisaje donde a menudo caen fuertes lluvias.

Lo que no añora es la pobreza, la falta de cuidados de la salúd y escuelas para sus hijos. Aquí tiene un trabajo, una bendición por la cual está muy agradecido a Dios; también tiene una casa; tristemente, no ha escapado por completo de la violencia. A veces escucha disparos en su vecindario de Dodge City.

La familia es suave y amable y está compuesta de siete hijos; La menor se llama Verónica y tiene 8 años; el mayor es Mateo y tiene 28. Una hija, Josefa, aún vive en California. Sus otros hijos son Julie, Elías de 10 años, Marcos de 17 y María de 19. La familia pertenece a la Catedral de Nuestra Señora de Guadalupe.