The CATHOLIC DIOCESE of DODGE CITY

Serving the People of Southwest Kansas

Local priest embraced by Mexico

 

By David Myers

Southwest Kansas Register

Smiling faces flashed across Father Jim Dieker’s computer screen – men and women, young faces and old – all familiar to the Ulysses pastor, and all showing the faith-filled face of Mexico, a country that embraced him as one of their own for six memorable months.

There were two trips, each three months long, and each designed to immerse the Ulysses pastor in the language of Mexico, a language Father Dieker speaks at Masses in Ulysses and Johnson every week.

"Learning a new language hasn’t made my life easier," he said, "But it certainly has made it more interesting."

The two trips were as different as night and day, he said.

The first trip

Last September, Father Dieker left southwest Kansas for Guadalajara, Mexico, where he was welcomed by the Medinas, a family that included mother and father, two grown daughters, two granddaughters, and an in-home paper business. The two sons had moved away; one is a priest in Tulsa, the other is studying at a seminary in Mexico City.

"I spent four hours a day in the classroom learning Spanish," Father Dieker explained. "I went to Mass in the evening and began presiding when the parochial vicar was away. The rest of the day I studied. I also got very involved with the family."

In the 1970s, the Medinas left their family farm to live in the city. They kept the farm in the family, though, and today use it as a "grand hall," where they celebrate many fiestas throughout the year.

Father Dieker gave their granddaughter her First Communion; he helped celebrate birthdays; he became their friend and spiritual guide. And in return, he said he was embraced as one of their own.

The second trip

He returned to Kansas just before Christmas, and one month later once again headed to Mexico, this time to the state of Chihuahua, which housed an ever-growing number of unemployed, as well as a large farming community fighting a devastating drought.

There he would live in a rectory with a priest and transitional deacon who served an estimated 30,000 people in four parish communities.

Because his Spanish classes took only half the time of the previous trip, and because the priest and deacon were so overworked, Father Dieker suddenly found himself as a sort of surrogate pastor for one of the parishes.

Housed at the foot of the Sierra Madre mountains, St. Anthony Church "is in a busy working area across from one of the largest cement factories in Mexico," he said. "One can hear the loud factory siren all hours of the day."

Father Dieker said he found it easy to fit into the parish, and quickly became close to the community. He also served a nearby orphanage/boarding house, where he celebrated Mass once a week.

"I celebrated all the Easter liturgies," he said, smiling. When he departed Mexico in April, the community presented Father Dieker with a plaque thanking him for his service.

Learning the language; learning the culture

Because of the added pastoral workload, Father Dieker said the second trip turned out to be more beneficial — as far as practical learning of the language goes.

"I knew all the grammatical rules, but if you don’t use it, that’s all it is — a bunch of rules," he said.

But both trips offered a valuable lesson to Father Dieker, a lesson that broadens the mind in ways only one who experiences such cultural immersion can understand.

He said he sees the growth of the Mexican population in Kansas as a "great blessing. It’s a time of growth for both cultures. It’s a renovation of the Church, and an opportunity to become more truly a people of God.

"They bring a devotion that suffered persecution, yet remained alive," Father Dieker said. "They bring a deep cultural Catholicism that challenges our Protestant pluralism. They’re astounded that we have 30 churches in one town and only one is Catholic.

"They bring a celebration of family and culture that we are lacking."

Of the experience as a whole, Father Dieker said, "It was a real gift for my life, although it was very hard. It takes a lifetime to learn a language and a culture."

Sacerdote local recibido por México: su gente, su cultura, sus fiestas

Caras sonrientes aparecieron en la pantalla de la computadora del P. Jim Dieker, - hombres y mujeres, rostros jóvenes y viejos - , todos conocidos del párroco de Ulises, y todos mostrando el rostro de Fe de México, un país que lo acogió como a uno de los suyos durante seis memorables meses.

Fueron dos viajes, cada uno de tres meses, dedicados a sumergir al párroco de Ulises, en el idioma de México, una lengua que el P. Dieker emplea en las Misas en Ulises y Johnson cada semana.

"Aprender una lengua no ha hecho mi vida más fácil," dijo, "pero ciertamente la ha hecho más interesante."

Los dos viajes fueron tan diferentes con la noche y el día, dijo.

El primer viaje

El pasado mes de Septiembre, el P. Dieker salió del suroeste de Kansas para Guadalajara, México, donde fue recibido por los Medina, una familia que incluía al papá y la mamá, dos hijas adultas, dos nietas, y el negocio de papel, en casa. Los dos hijos habían salido de ahí: uno es un sacerdote en Tulsa, y el otro está estudiando en el Seminario en la Ciudad de México.

"Me pasaba cuatro horas diarias en el salón de clase, aprendiendo español," explicó el P. Dieker. "Iba a Misa por la tarde, y comencé a presidir cuando el vicario parroquial estaba fuera. El resto del día, estudiaba. También me involucré mucho con la familia."

En los 70, los Medina dejaron su vida de familia en el rancho, para vivir en la ciudad. Conservaron el rancho para la familia, sin embargo, y hoy lo usan como una especie de "gran salón", donde celebran muchas fiestas a lo largo del año.

El P. Dieker dio a la nieta de ellos su Primera Comunión; les ayudó a celebrar cumpleaños; se hizo su amigo, y director espiritual. Y a cambio, él dice que fue recibido como uno de la familia.

El segundo viaje

Regresó a Kansas poco antes de Navidad, y un mes después salió de nuevo para México, esta vez al Estado de Chihuahua, en donde hay un creciente número de desempleados, y un gran número de rancheros que luchan contra una devastadora sequía.

Ahí había de vivir con un sacerdote, y un diácono temporal, que atienden a unas treinta mil gentes, en cuatro comunidades parroquiales.

Como sus clases de español sólo tomaban la mitad del tiempo que en el anterior viaje, y por la sobrecarga de trabajo del sacerdote y el diácono, el P. Dieker se vio de repente convertido en una especie de párroco para una de las parroquias.

Situada al pie de las montañas de la Sierra Madre, la Iglesia de San Antonio "está en una activa área de trabajo, enfrente de una de las más grandes fábricas de cemento de México, " dijo, "se puede oír la fuerte sirena de la fábrica a toda hora del día."

Dice el P. Dieker que le fue fácil amoldarse a la parroquia, y que pronto estuvo cerca de la comunidad. También prestó servicios en un orfanatorio/internado cercano, en donde celebraba la Misa una vez por semana. "Celebré toda la Liturgia de Pascua", dijo sonriendo. De hecho, cuando salió de México en Abril, la comunidad obsequió al P. Dieker una placa, agradeciendo sus servicios.

Aprendiendo la lengua; aprendiendo la cultura

Con la carga pastoral que se añadió, el P. Dieker dijo que el segundo viaje resultó más beneficioso, en lo que toca a la práctica del lenguaje.

"Me sabía todas las reglas de la gramática, pero si no las usas, es todo lo que son un montón de reglas", dijo.

Pero los dos viajes le ofrecieron una valiosa lección al P. Dieker, una que ensancha tu mente en una forma que sólo quien vive esa inmersión cultural puede entenderla.

Dice que ve el crecimiento de la población mexicana en Kansas como "una gran bendición. Es tiempo de crecimiento para ambas culturas. Es una renovación de la Iglesia, y una oportunidad de convertirse más auténticamente en el Pueblo de Dios.

"Traen consigo una devoción que sufrió la persecución, y permaneció viva", dijo el P. Dieker. "Traen un profundo Catolicismo cultural, que es un reto a nuestro pluralismo Protestante. Les impresiona que tengamos treinta iglesias en una ciudad, y sólo una sea católica.

"Traen consigo un encomio de la familia y la cultura, que nosotros no tenemos."

De la experiencia, en general, el P. Dieker dijo, "fue un verdadero regalo para mi vida, aunque fue muy difícil. Se lleva toda una vida aprender una lengua, y una cultura."