Caras sonrientes aparecieron en la pantalla de la
computadora del P. Jim Dieker, - hombres y mujeres, rostros jóvenes y
viejos - , todos conocidos del párroco de Ulises, y todos mostrando el
rostro de Fe de México, un país que lo acogió como a uno de los suyos
durante seis memorables meses.
Fueron dos viajes, cada uno de tres meses, dedicados a
sumergir al párroco de Ulises, en el idioma de México, una lengua que el
P. Dieker emplea en las Misas en Ulises y Johnson cada semana.
"Aprender una lengua no ha hecho mi vida más fácil,"
dijo, "pero ciertamente la ha hecho más interesante."
Los dos viajes fueron tan diferentes con la noche y el
día, dijo.
El primer viaje
El pasado mes de Septiembre, el P. Dieker salió del
suroeste de Kansas para Guadalajara, México, donde fue recibido por los
Medina, una familia que incluía al papá y la mamá, dos hijas adultas, dos
nietas, y el negocio de papel, en casa. Los dos hijos habían salido de ahí:
uno es un sacerdote en Tulsa, y el otro está estudiando en el Seminario en
la Ciudad de México.
"Me pasaba cuatro horas diarias en el salón de clase,
aprendiendo español," explicó el P. Dieker. "Iba a Misa por la tarde, y
comencé a presidir cuando el vicario parroquial estaba fuera. El resto del
día, estudiaba. También me involucré mucho con la familia."
En los 70, los Medina dejaron su vida de familia en el
rancho, para vivir en la ciudad. Conservaron el rancho para la familia,
sin embargo, y hoy lo usan como una especie de "gran salón", donde
celebran muchas fiestas a lo largo del año.
El P. Dieker dio a la nieta de ellos su Primera
Comunión; les ayudó a celebrar cumpleaños; se hizo su amigo, y director
espiritual. Y a cambio, él dice que fue recibido como uno de la familia.
El segundo viaje
Regresó a Kansas poco antes de Navidad, y un mes
después salió de nuevo para México, esta vez al Estado de Chihuahua, en
donde hay un creciente número de desempleados, y un gran número de
rancheros que luchan contra una devastadora sequía.
Ahí había de vivir con un sacerdote, y un diácono
temporal, que atienden a unas treinta mil gentes, en cuatro comunidades
parroquiales.
Como sus clases de español sólo tomaban la mitad del
tiempo que en el anterior viaje, y por la sobrecarga de trabajo del
sacerdote y el diácono, el P. Dieker se vio de repente convertido en una
especie de párroco para una de las parroquias.
Situada al pie de las montañas de la Sierra Madre, la
Iglesia de San Antonio "está en una activa área de trabajo, enfrente de
una de las más grandes fábricas de cemento de México, " dijo, "se puede
oír la fuerte sirena de la fábrica a toda hora del día."
Dice el P. Dieker que le fue fácil amoldarse a la
parroquia, y que pronto estuvo cerca de la comunidad. También prestó
servicios en un orfanatorio/internado cercano, en donde celebraba la Misa
una vez por semana. "Celebré toda la Liturgia de Pascua", dijo sonriendo.
De hecho, cuando salió de México en Abril, la comunidad obsequió al P.
Dieker una placa, agradeciendo sus servicios.
Aprendiendo la lengua; aprendiendo la cultura
Con la carga pastoral que se añadió, el P. Dieker dijo
que el segundo viaje resultó más beneficioso, en lo que toca a la práctica
del lenguaje.
"Me sabía todas las reglas de la gramática, pero si no
las usas, es todo lo que son un montón de reglas", dijo.
Pero los dos viajes le ofrecieron una valiosa lección
al P. Dieker, una que ensancha tu mente en una forma que sólo quien vive
esa inmersión cultural puede entenderla.
Dice que ve el crecimiento de la población mexicana en
Kansas como "una gran bendición. Es tiempo de crecimiento para ambas
culturas. Es una renovación de la Iglesia, y una oportunidad de
convertirse más auténticamente en el Pueblo de Dios.
"Traen consigo una devoción que sufrió la persecución,
y permaneció viva", dijo el P. Dieker. "Traen un profundo Catolicismo
cultural, que es un reto a nuestro pluralismo Protestante. Les impresiona
que tengamos treinta iglesias en una ciudad, y sólo una sea católica.
"Traen consigo un encomio de la familia y la cultura,
que nosotros no tenemos."
De la experiencia, en general, el P. Dieker dijo, "fue
un verdadero regalo para mi vida, aunque fue muy difícil. Se lleva toda
una vida aprender una lengua, y una cultura."