Lent takes us deep

Lent takes us deep.  
It makes us think seriously about things in our lives: about where we come from; about choices we make; about where we are going, toward God or away from God.  He made us out of love, and he gently calls us to return that love, by giving ourselves away as a gift.  
The Son he sent lived this gifting in his own person.  He took our sins upon himself, and gave himself away to death.  He was a gift, a gift of sacrificial love.  
The New Testament inherited this way of thinking, of course, from the Old Testament.  The Book of Leviticus describes five kinds of sacrifices, animal and vegetable.  Three of these (the burnt offering; the grain offering; and the peace offering) express our communion with God, and two of these (the sin offering; and the guilt offering) express how to restore communion with God, once broken.
To the Hebrew mind, every sacrifice was a ritualized offering of self.  The one who offered led the animal to its death and its burning, a powerful sign of a gift completely given to God.  The one who offered thus acted out his own gift of self to the Lord, a fundamental act of worship.  He, she, they give themselves totally as a gift to God.  
This is the context for understanding what Jesus said at the Last Supper, and for understanding what Jesus did on Calvary.  On the night before he died, he took the bread and he took the wine, and he spoke the ritual words over them.  In this way, he made a direct connection between this ritual meal and the coming sacrifice on the Cross.  He gave himself to death, so that he himself, and we, might come to life.  
All the sacrifices of the Old Testament come to their full and final meaning in the Sacrifice of the Cross.  The last was born ritually in the first.  The first was completed ritually in the last
Lent takes us deep: through the deeps of our own brokenness, to the deeps of God’s own way.

 

La Cuaresma nos lleva a lo más profundo

La Cuaresma nos lleva a lo más profundo. 

Nos hace pensar seriamente sobre las cosas en nuestras vidas: sobre de dónde venimos; sobre las decisiones que tomamos; sobre a dónde vamos, hacia Dios o lejos de Dios.  Él nos hizo por amor, y suavemente nos llama a devolver ese amor, regalándonos a nosotros mismos como un don. 

El Hijo que Él envió vivió este don en su propia persona.  Él tomó nuestros pecados sobre sí mismo, y se entregó hasta la muerte.  Él fue un don, un don de amor sacrificial

El Nuevo Testamento heredó esta forma de pensar, por supuesto, del Antiguo Testamento.  El Libro del Levítico describe cinco clases de sacrificios, animales y vegetales.  Tres de estos (la ofrenda quemada; la ofrenda de grano; y la ofrenda de paz) expresan nuestra comunión con Dios, y dos de ellos (la ofrenda por el pecado; y la ofrenda por la culpa) expresan cómo restaurar la comunión con Dios, una vez quebrantada.

Para la mente hebrea, cada sacrificio era una ofrenda ritualizada de sí mismo.  El que ofrecía llevaba al animal a su muerte y a su quema, un signo poderoso de un don completamente dado a Dios.  El que ofrecía así hacía su propio don de sí mismo al Señor, un acto fundamental de adoración.  Él, ella, se entregan totalmente como un regalo a Dios. 

Este es el contexto para entender lo que Jesús dijo en la Última Cena, y para entender lo que Jesús hizo en el Calvario.  La noche antes de morir, tomó el pan y el vino, y pronunció las palabras rituales sobre ellos.  De esta manera, hizo una conexión directa entre esta comida ritual y el sacrificio venidero en la Cruz.  Él se entregó a la muerte, para que él mismo, y nosotros, pudiéramos volver a la vida. 

Todos los sacrificios del Antiguo Testamento llegan a su significado pleno y final en el Sacrificio de la Cruz.  El último nació ritualmente en el primero.  El primero se completó ritualmente en el último.

La Cuaresma nos lleva a lo más profundo: a través de las profundidades de nuestro propio quebrantamiento, a las profundidades del propio camino de Dios.